La regulación de los cuidados maternos (John Bowlby)

“Tanto las madres como los profesionales plantean de continuo un interrogante: ¿es conveniente que la madre satisfaga siempre las exigencias del pequeño que clama por su presencia y atención? ¿El ceder a sus demandas hará que se convierta en un niño “malcriado”? ¿Si la madre cede a esos requerimientos, el niño no le plateará mayores exigencias en otros terrenos, esperando ser satisfecho? De esa manera, ¿logrará la independencia deseada? ¿Hasta qué punto la madre debe dedicarle su tiempo y cuidados al hijo?

Tal vez convenga enfocar estos interrogantes desde la misma perspectiva desde la que se considera otra cuestión: “¿Qué cantidad de comida es aconsejable para un niño?”. La respuesta no se conoce a ciencia cierta. Desde los primeros meses convendrá seguir las inclinaciones del bebé. Cuando solicita más alimentos, es porque, probablemente, le resultarán beneficiosos; cuando los rechaza, la falta de comida probablemente no le hará daño. Siempre que no se trastorne su metabolismo, el niño se desarrollará de manera tal que, si se deja la decisión en sus manos, puede regular la ingestión de sus propios alimentos en cuanto a calidad y cantidad. Con pocas excepciones, por lo tanto, la madre podrá permitirle que tome la iniciativa.

Lo mismo ocurre con respecto a la conducta de apego, en particular durante los primeros años de vida. En una familia corriente donde la madre brinda sus cuidados al niño, no tiene porqué resultar perjudicial que le otorgue tanto de su presencia y atención como el pequeño parezca desear. En relación a los cuidados maternos (al igual que con respecto a la alimentación) el niño parece hallarse conformado de tal manera que, si desde un principio se deja la decisión en sus manos, podrá regular satisfactoriamente la tasa de lo que puede “asimilar”.

Cuando la madre percibe las señales del niño y responde con rapidez y de manera satisfactoria, el chiquillo se desarrolla con vigor y la relación entre ambos, con toda felicidad. Las cosas comienzan a marchar mal cuando la madre no percibe esas señales o no responde a ellas, o cuando suministra al pequeño algo que no es lo que desea.

Los trastornos de la conducta de apego son de muchos tipos. En el mundo occidental, los más comunes, desde mi punto de vista, son los resultantes de una falta de cuidados maternos, o del suministro de esos cuidados por parte de una serie de personas diferentes en continua sucesión. Las perturbaciones que surgen de un exceso de cuidados son mucho menos comunes: y no salen a relucir porque el niño sea un ser insaciable en perpetua búsqueda de amor y atención, sino porque la madre sufre una compulsión que la induce a derramarlos sobre la criatura. En vez de atender a las señales del niño, la madre que lo hace objeto de cuidados excesivos toma ella misma toda iniciativa, tal como se descubre cuando se la observa detenidamente. Insiste en mantenerse cercana al pequeño y en constituirse en su centro de atención o en protegerlo de todo peligro, al igual que la madre de un niño sobrealimentado que insiste en seguir suministrándole alimentos.”

Fragmento del libro “El vínculo afectivo” de John Bowlby
(Título original: “Attachment and loss, Volume I: Attachment”)

bowlby
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