Por un nacimiento sin violencia

Con el inicio del parto, el bebé se siente expulsado de su oscura caverna donde los estímulos exteriores llegan muy amortiguados. Y de ese paraíso terrenal es expulsado sin remisión a un mundo de estímulos brutales…
Y debemos saber que el bebé, al nacer, no es ciego pero sale cegado por los focos. Que no es sordo, pero al llegar a este mundo se siente ensordecido. Y al respirar por vez primera, sus pulmones, con la dificultad de inflar un globo, le queman al contacto con el oxígeno. Y tenemos que pensar que el bebé al nacer viene de un ambiente caliente, a 37º C, y sale mojado. El recién nacido pasa frío, mucho frío.
Y que después de una lucha sin cuartel por el estrecho canal de parto, el bebé se encuentra libre, nacido, pero sin límites de su cuerpo. Sin referencias físicas. Entonces se puede entender que el abrazo, el acogimiento físico sobre el vientre materno es una necesidad vital para reconocerse.
Aceptando que el bebé viene de la oscuridad, del calor, del tacto continuo, de un cúmulo de sonidos filtrados, intentemos respetar al máximo estos parámetros, con luces indirectas, ambiente caldeado y pocas voces y ruidos. Pero sobre todo, no separemos al bebé de la madre en ningún momento.
Para ofrecer al bebé un nacimiento sin violencia, hay que fomentar en su madre un parto sin violencia. Porque el parto humano – mamífero – no es un acto médico, es un acto vivencial, de la esfera sexual, que necesita desinhibición e intimidad. Con libertad de movimiento, a media luz, pocas palabras y sin observadores. Así funcionan mejor las hormonas del orgasmo y del parto, como son la oxitocina y las endorfinas.
Aceptemos, de una vez por todas, que el nacimiento humano es un acto instintivo, sagrado, solemne.
A estas condiciones del parto debe adaptarse el trabajo de los profesionales médicos, con el mínimo de interferencias, de exploraciones, monitorización, etc. Y practicar la paciencia y el respeto.

Fragmento del prólogo del libro “Por un nacimiento sin violencia” de Frederick Leboyer, escrito por Enrique Lebrero Martínez (Ginecólogo de la Maternidad Acuario, España).

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